Los desafios a la Vida Consagrada y en la vida Consagrada

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Enrica Rosanna,fma

Había una vez en China un potente emperador cuyo hijo, príncipe heredero, vivía con toda clase de comodidades, lujos y vicios hasta el punto que un día el emperador decidió que le hacía  falta un verdadero preceptor. Fue llamado a corte un sabio mandarín a quien el emperador dijo: “Tú harás de modo que, siguiendo tus enseñanzas, el príncipe se vuelva sabio y justo. Si no lo supieras hacer pagarás con la cabeza”. Alarmado el mandarín fue a su viejo maestro con quien se lamentó largamente: “EI príncipe es un holgazán, un apático, temeroso de los cambios y propenso a seguir cada día un sentimiento y una moda diversa. ¡Quien más desdichado que yo, maestro! ¿Qué puedo hacer?”.

II viejo maestro permaneció un rato mirando fijo el fuego frente al que estaban sentados y por fin dijo: “Estoy contento de que te haya tocado en suerte un encargo tal ya que al hacerlo deberás trabajar mucho sobre todo para mejorar tú mismo!”.

Educarse a sí mismos para educar a los otros: es la enseñanza que podeis sacar de este antiguo cuento de presunta sabiduría oriental que os ve un poco como el sabio mandarín que regresa por un cierto tiempo al viejo maestro para tomar fuerza y sugerencias prácticas a fin de afrontar los desafíos que presenta la sociedad en que vivimos y para vivir con mayor entusiasmo vuestra vocación en la Iglesia.

La respuesta del viejo maestro al sabio mandarín pone sobre la mesa una primera e importante verdad: un educador —sea éste un mandarín sabio, un padre, un enseñante o una persona consagrada— no tiene otro camino en su misión si no el de tratar de mejorarse a sí mismo (Recuerdo la bella exhortación de S. Catalina de Siena: ” Sed lo que tenéis que ser y rescaldaréis Italia”). Es este el desafío que la sociedad globalizada presenta a cada persona y a cada institución y, a fortiori, a cada uno de nosotros.

Si de la cuestión educativa entendida en sentido general prestamos nuestra atención al tema del formarnos y del formar a vivir una vida religiosa a imagen del Hijo (Rm 8, 22) y a afrontar los desafíos de la sociedad reproduciendo en la Iglesia y en el mundo, a través de los consejos evangélicos, “los rasgos característicos de Jesús virgen, pobre y obediente”,[1] deducimos que la tarea de “mejorarse a sí mismos” se convierte para cada uno de nosotros en aquello de “cuidar” la propia fe, el propio seguimiento de Cristo, la propia conformación amorosa al Señor Jesús y a la capacidad de comunicar esta vivencia. Está condensada aquí nuestra respuesta, y no es poco.

Todavía a raíz de nuestro cuento querría detenerme en un punto particular que puede ayudarnos a responder a otro desafío. Quizás también nosotros nos lamentamos de los jóvenes y de las jóvenes (que son el futuro de nuestros Institutos); cuántas veces, quizás, también nosotros repetimos, como el mandarín del cuento: el príncipe es un holgazán, un apático, temeroso de los cambios y propenso a seguir cada día un sentimiento y una moda distinta. ¡Quien más desdichado que yo, maestro! ¿Qué puedo hacer?”. También quizás nosotros tengamos miedo de las jóvenes generaciones, como las familias tienen miedo de los hijos….

Hoy nos encontramos ante una sociedad ya secularizada, definida por algunos “postcristiana”; también la adhesión al Evangelio y la pertenencia eclesial han asumido, para muchos, un algo de  “virtual”, fluido, indeterminado, emocional, teórico y no basado en fundamentos sólidos, sobre virtudes que necesitan de empeño y esfuerzo cotidiano, que son capaces de “producir” novedad de vida. En cuánto a la condición juvenil contemporánea, podríamos citar la indeterminación del perfil de los/de las jóvenes, su concentración sobre lo cotidiano, el miedo a las opciones, la dificultad de hacer cuentas con las propias raíces y de afrontar el futuro, una sensibilidad y una fragilidad que pueden parecer exasperadas, y cada uno de vosotros podría continuar en esta lista (atención sin embargo que no hemos de tener de los jóvenes una imagen sólo negativa…).

Vivimos también en un tiempo que está atravesado ya sea por un laicismo cada vez más penetrante, como del recurso a una espiritualidad envolvente pero nebulosa, emocional, que tiene necesidad de lo milagrero, pero, al mismo tiempo, parece inflamarse por acontecimientos de connotación religiosa, o también confesional, de fuerte impacto. El atractivo de lo religioso —que precipitadamente algunos han definido como “la revancha de Dios”— seduce de modo cada vez más cautivador una sociedad cansada y desencantada, en busca de valores ciertos, cuya fuerza se mide sobre todo por la intensidad de las emociones que suscitan, pero a menudo confunde lo que es impresionante con lo que es importante.

Preguntémonos: ¿en este contexto es todavía posible vivir sin compromisos la propia fe, dar razón a quién nos pide cuenta de nuestra esperanza, vivir la utopía del amor sin confines ni exteriores ni interiores, y, sobre todo, es todavía hoy posible a los jóvenes y a las jóvenes optar por dar la propia vida a causa de Cristo y el Evangelio, al servicio de los hermanos? ¿Es posible responder a los desafíos de la sociedad secularizada que engendra indiferencia y oposición al cristianismo, pero al mismo tiempo alimenta la búsqueda y la adhesión a seudo religiones?

La primera respuesta que nosotras consagradas estamos llamados a dar a estos desafíos es el conocimiento personal del Señor Jesús, la adhesión en libertad y por amor a su vida antes incluso que a su enseñanza mediante la autenticidad y la intensidad de una existencia vivida día tras día con el difícil, alegre no obstante, permanecer adheridos a un Dios percibido como Otro del que se es imagen, un Dios reconocido y elegido como Esposo, el Dios enseñando y mostrado por Jesucristo.

El Santo Padre Benedicto XVI en la encíclica Deus Caritas est, en el cap. 12, escribe: ” La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito” . Es la “novedad” de Cristo, la “novedad” de su realismo inaudito, la respuesta a los desafíos de cada tiempo y lugar: una novedad que si se encuentra en serio lleva al cambio de vida: de una vida basada más en el ser que en el tener.

Así pues, queridas hermanas, para dar respuesta a los desafíos de nuestro tiempo estamos os llamadas ante todo a ser PERSONAS CREYENTES ENAMORADAS DE CRISTO. Y esto significa que la primera virtud que hemos de cultivar es la de la fe en el Dios vivo, de la adhesión amorosa y afable a Él; una fe que se hace visible a través de nuestro testimonio de vida. De poco sirven, en efecto, edictos solemnes de convicciones abstractas si éstas no saben fundirse en una vivencia humana que testimonie esa fe granítica y esa esperanza en la vida que es más fuerte que la muerte. No olvidemos que la fe cristiana ha nacido en un contexto social  difícil y se ha desarrollado mediante el testimonio de hombres y mujeres sencillos que han tomado sobre sí el peso suave de una vida conforme a la de Jesús, una vida rica de sentido y amor, una vida caracterizada por cuidar del otro, una vida realmente humana. Una vida bella, buena y santa.

Una fe, sin embargo, que no nos inmuniza de la duda, de la tentación —in primis de la tentación de la idolatría, del negar al otro para imponer el propio ego (cuando era joven creía no haber faltado nunca al primer mandamiento: “no tendrás otro Dios fuera de mí…”).; también nosotros corremos el riesgo de la incredulidad como poca fe, como no escucha de la voluntad de Dios, como tiniebla del sin sentido …; cada uno de nosotros experimenta cotidianamente la dificultad de poner en obra relaciones puras, de usar los bienes sin apegarse a ellos, de obedecer con la cabeza alta y el corazón humilde; cada uno de nosotros conoce la insidia de la mediocridad, del aburguesamiento y de la mentalidad consumista[2]  que a menudo pueden salpicar nuestras Comunidades…

Pero justamente estas experiencias de contradicción nos hacen capaces de escuchar las dificultades de los demás, de entender las perplejidades de quien no comparte nuestra fe, de decir una palabra franca que tiene su autoridad no en un dogma sino en una vivencia, nos hace capaces de dialogar en la diversidad y en el respeto de cada identidad. En una palabra, de afrontar los desafíos de la historia y de ser testigos de ese Jesús de Nazaret que ha “mostrado a Dios” a los hombres, haciendo visible lo invisible. Porque, hoy como siempre, necesitamos testigos y profetas.

¡Los testigos, las testigos! Su vida nos edifica y es un ejemplo de cómo se pueden enfrentar los desafíos de un mundo que a menudo nos ignora y nos contrasta. Quisiera recordar al respecto a tres mujeres, tres consagradas, que me parecen un ejemplo concreto de como también nosotras, mujeres del tercer milenio, podemos responder sin miedo a los desafíos de nuestro tiempo. Son: Brígida de Suecia, Catalina de Siena, Teresa Benedicta de la Cruz. Con lo concreto de su fe, esperanza, caridad, han ofrecido una contribución fecunda a la unidad de Europa, al mundo entero.

Teresa Benedicta de la Cruz, hebrea conversa, monja carmelita, pensadora, filósofa, mística, mártir. Durante su vida peregrinó por muchos Países europeos, trazó un puente entre sus raíces hebreas y la adhesión a Cristo; la fuerte, convencida, apasionada opción de fe la ha llevado a concluir tristemente su existencia en el famoso campo de concentración nazi de Auschwitz, gritando con el martirio las razones de Dios y del hombre en la desmesurada vergüenza de la shoah. Todo en la vida de esta mujer es expresión del tormento de la búsqueda: la búsqueda de la verdad, que Edith – luego Teresa Benedicta de la Cruz – ha encontrado en una persona, Jesucristo, y en la fe de la Iglesia.

Brígida de Suecia, seglar felizmente casada, madre de ocho hijos, mística, fundadora. Una santa del extremo norte de Europa. El amor esponsal por el marido se unía a la oración y al compromiso por los pobres y los enfermos. Fue educadora prudente y en varias ocasiones dio consejos a príncipes y soberanos. Como mística extraordinaria que experimentó esa íntima unión con Cristo que únicamente da el gozo de amar entregándose totalmente.

Catalina de Siena, la santa dominica que realizó un extraordinario camino de perfección entre plegaria, austeridad y obras de caridad. Sus cartas abrasadoras se ramificaron por Italia y por Europa, con palabras ardientes sobre las problemáticas de la Iglesia y la sociedad de su época. Incansable pacificadora alcanzó a grandes soberanos europeos. Con la misma fuerza se dirigió a soberanos y a eclesiásticos, invitando a todos a dejarse plasmar de la fuerza del Evangelio, proponiendo la reforma de las costumbres, y suplicando a cada uno de dejarse modelar por la caridad, proponiendo a todos la fe que hace santos y la esperanza que no defrauda.

Estas tres mujeres, con su vida y su hacer, entretejidos de fe, de esperanza y de amor, nos muestran el gran desafío que “reclama evangelizadores creíbles, en cuya vida en comunión con la cruz y la resurrección de Cristo, resplandezca la belleza del Evangelio[3] . Evangelizadores que se dejan atrapar vitalmente por el dinamismo de las tres virtudes teologales.

La fe ante todo. Redescubrir el rostro auténtico de Jesucristo, empeñarse en su búsqueda, profundizar el sentido del misterio de su presencia en la vida de cada uno; la tarea de los cristianos, nuestra tarea, es justamente mostrar a nuestros contemporáneos cuál es el bien más preciado: la fe en Jesucristo, manantial de la esperanza que no defrauda.

Edith Stein, Teresa Bendicta de la Cruz, es una testigo creíble de este trabajo interior, de este esfuerzo constante de búsqueda de la verdad. Su nostalgia de infinito, su anhelo de algo grande se traduce en una existencia entregada, en una existencia plenamente vivida y acabada con un gesto de amor extremo.

Ante una especie de interpretación secularizada de la fe cristiana que la erosiona y a la que se suma una profunda crisis de la conciencia y la práctica moral, Teresa Benedicta de la Cruz nos interpela de nuevo a vivir nuestra fe como una tarea seria y laboriosa de continua conversión.

Y luego la esperanza. Vivir, anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la esperanza es un desafío y un compromiso. Esperar es salir del aislamiento existencial, tomando conciencia de que si Dios me ama a mi y a los hombres mis hermanos, pertenecemos juntos a una comunidad en camino. Recuerdo a Peguy que en un poema suyo presenta las tres virtudes teologales como tres jóvenes que corren encantadas. La más pequeña es, precisamente, la esperanza. ¡Pero atención! Está entre las otras dos y las arrastra con su ágil correr. Porque da respiro fuerte a la fe y hace correr la caridad más allá de las complicaciones egoístas. Pienso en la espléndida encíclica de Papa Benedicto XVI, Spe salvi, y en las preciosas indicaciones que él mismo da al respeto citando también a figuras acreditadas de la vida consagrada, desde Bernardo de Chiaravalle a Bakita…

Caterina de Siena, que con su “obstinada” esperanza en Cristo Señor ha logrado realizar obras grandes por la Iglesia y la sociedad de su tiempo, es testigo de un compromiso grande, concreto, incluso revolucionario, basado en la contemplación del rostro de Cristo. Hoy, la esperanza es mercancía rara, pero no olvidemos que la esperanza es la virtud de los tiempos difíciles.

Y por fin, pero no por última, la caridad. Vivir la experiencia del amor de Dios, preocuparse de que los hombres y las mujeres de hoy encuentren este Amor es empeño del que nace el servicio de la caridad y el amor preferencial por los pobres, en sus múltiples aspectos. Brígida de Suecia y los innumerables santos de la Caridad que siempre y en cada Nación han gastado la propia vida en favor de los últimos, han sido, en el curso de los siglos, precursores de iniciativas de promoción humana y formación cristiana, destinadas ante todo a los más pobres.

Estos hombres y estas mujeres enseñan a nuestros contemporáneos que existe Alguien por quien merece la pena gastar la propia vida con una generosidad sin tregua

ni confines. “Los consagrados y las consagradas hoy -ha recordado Su Santidad Benedicto XVI en el discurso a los Superiores y a las Superioras Generales del 26 de mayo del pasado año- tienen la tarea de ser testigos de la presencia  transfigurante de Dios en un terreno minado en el que su testimonio tiene que contar con la aridez de los desiertos de nuestro tiempo cada vez más desorientado y confuso, un tiempo en el que los matices han reemplazado los colores bien netos y caracterizados. Ser capaz de mirar este tiempo con una mirada de fe significa ser capaz de mirar al hombre, al mundo y la historia a la luz del Cristo crucificado y resucitado, la única estrella capaz de orientar “al hombre que avanza entre los condicionamientos de la mentalidad inmanentista y las estrecheces de una lógica tecnocrática”, Fides et Ratio, n. 15)”.

Nos es de estímulo para afrontar estos desafíos, no sólo el ejemplo de los fundadores y las fundadoras sino el de tantas hermanas y hermanos que nos han precedido y han construido la breve o larga historia de nuestro Instituto. Somos invitados a proponer hoy su valor, su inventiva, su santidad concreta y creativa como respuesta a los signos de los tiempos, con fidelidad dinámica a nuestra elección vocacional. Somos invitados a ser como ellos soñadores y profetas, hijas e hijos de nuestro tiempo, hijos e hijas de la Iglesia, fieles al Magisterio de Pedro y de nuestros Pastores, portadores de alegría y esperanza cristiana, sobre todo a las jóvenes generaciones.

Acerca de esto, me parece particularmente significativo la invitación de Juan Pablo II en Vita consecrata. Hace falta ” reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy” (VC 37); no limitarse a leer los signos, sino contribuir a “elaborar y llevar a cabo nuevos proyectos de evangelización para las situaciones actuales” (VC 73).

Nuestros fundadores y nuestras fundadoras no se han limitado a elaborar análisis sociológicos, sino que han acogido los problemas que la

gente vivió reconociendo la situación de deterioro, asumiéndola claramente y ofreciendo una solución concreta a las cuestiones con respuestas adecuadas. Han compartido responsablemente fatigas y contratiempos, sobre todo de los últimos. Han trabajado por el Reino de Dios, respondiendo al grito de la humanidad sin omitir referencias explícitas a la justicia social, a la paz y al cuidado del ambiente en el modo que requiere el carisma de cada instituto. Encarnando la Palabra del Dios muchos de ellos han transformado personas, sociedades y culturas.

Sus intervenciones no han sido improvisadas jamás, pero han necesitado discernimiento, sacrificio, lucha espiritual. A menudo estos hombres y mujeres valientes han tenido que abandonar caminos ya recorridos para seguir otros inéditos (pienso en madre Teresa de Calcuta). La experiencia amarga del sufrimiento, de la pena, de la soledad (basta recordar algunos momentos de la vida de don Bosco, de don Guanella, de Madre teresa de Calcuta) les ha permitido ser una señal de esperanza en la historia de la humanidad. Han trabajado y sufrido para construir una sociedad humana y justa; han luchado contra la pobreza, las injusticias, la miseria: han sido constructores de una cultura de la vida y la paz.

Un ejemplo concreto y actual lo encontramos en Francisco de Asís, el pobre que dejó a sus frailes un saludo de paz como testamento: “El Señor te de la paz” [4] en memoria de lo que decía a sus frailes. “La paz que anunciáis con la boca, tenedla aún más copiosa en vuestro corazón. No deis motivo a nadie de cólera o de escándalo, que todos sean atraídos por la paz, la bondad y la concordia de vuestra mansedumbre. Ésta es nuestra vocación: curar las heridas, vendar las fracturas y llamar a los extraviados” [5].

Otro ejemplo. Conozco a alguien —testimonia Jean Vanier— que de vuelta de Calcuta dijo que no volvería jamás a aquel lejano país porque encontró mucha miseria, vio morir a muchas personas por la calle. Madre Teresa fue a los mismos lugares, vio, tuvo compasión —como Jesús— y dijo: “he visto morir mucha gente por la calle. He visto mucho dolor. Yo me quedo”. Yo me quedo debería ser la respuesta de todo consagrado y consagrada. Yo me quedo en frontera, en cualquier lugar donde haya necesidad de mi amor incondicional. Yo me quedo para testimoniar hasta el final el amor de Dios, en Albania, en Italia, en España, en Suiza, en África…, es la respuesta de tantos consagrados y consagradas, voluntarios y voluntarias, gente común sencilla y atrevida, que no juega a la rebaja sobre el precio a pagar, que no pide descuentos o facilitaciones, ni siquiera cuando la vida es más dura por la incomprensión de muchos y quizá por el silencio de Dios.

Fe, esperanza, caridad son las bases sobre las cuales construir la entrega a nuestros hermanos y a nuestras hermanas, la solicitud concreta por los más débiles y pobres, por quien se encuentra en mayor peligro y más grave dificultad; solicitud que puede ser expresada con tres palabras que son nuestro desafío: salir, inclinarse, desprenderse.

Salir - La caridad, el cuidar de, es salir de si y darse cuenta del otro, del pobre, de quien padece en el cuerpo y en el alma; es hacerse cargo de las hermanas y los hermanos que encuentro diariamente, de cada uno en particular; es hacerse cargo de él/ella y de su dolor.

Un ejemplo para todos.

Cito: “Limpio la tumba de Monseñor porque fue mi padre… Porque a aquellos como yo él  los quiso, no le dieron asco. Nos habló, nos tocó, nos preguntó, hasta se confiada con nosotros. ¡Si supiera el cariño que tuvo por nosotros! Por esto limpio su tumba; él ha dado su vida por mí….”

Estas palabras las ha pronunciado un pobre vestido de harapos y con el pelo lleno de polvo de la ciudad de El Salvador, que una mañana de invierno limpia con esmero, con uno de sus trapos harapientos de suciedad y de tiempo, la tumba de Mons. Romero, el arzobispo asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba la misa.

Las palabras de este pobre son el constante testimonio que los pobres dan de los santos. Los santos no sólo acogen, sino que aman. Amar quiere decir hablar, tocar, preguntar, confiarse, ponerse a la misma altura.[6]

Los santos aman, se hacen cercanos, cuidan: siempre, sin condiciones, porque saben que nadie puede vivir sin amor.

En su testamento, dedicado a las nuevas generaciones, el poeta turco Nazim Hikmet ha escrito: “no vivir en esta tierra como un extraño o como un turista en la naturaleza. Vive en este mundo como en la casa de un padre: cree en el trigo, en la tierra, en el mar, pero ante todo cree en el hombre.

Ama las nubes, las máquinas, los libros, pero ante todo quiere al hombre.

Oye la tristeza de la rama seca, del astro que se apaga, del animal herido que agoniza, pero ante todo oye la tristeza y el dolor del hombre”. [7]

Quien ama siente, experimenta la tristeza en el corazón de un hermano o una hermana, que llega a ser su tristeza, su peso y su ala.

Inclinarse -  inclinarse es un gesto típicamente materno, connatural a toda mujer. Las mamás se inclinan, cuidan, tanto que bien pronto sus hombros acusan la señal. Don Mazzolari comenta: “Aquella curva es el documento de su caridad, la inconfundible señal de la maternidad que condesciende y desciende”.

Cuidar es el corazón del genio femenino, es el modo típico de querer de la mujer, de cada mujer, es el modo femenino de estar cerca, el Prof. Andreolli, conocido psiquiatra, les ha dicho a las mujeres: “no perdáis vuestro modo de amar…”). Como recuerda la Mulieris dignitatem, “la mujer no puede encontrarse a si misma si no amando a los demás” y “Dios le confía de modo especial el hombre”       (MD 31), la persona humana: hombre o mujer, joven o anciano, pobre o rico, blanco o negro…, sin distinciones y obstáculos.

Desprenderse – no hay amor sin despojo de títulos, encargos, prestigio, fama. Encontramos a los otros realmente sólo en la verdad de nuestro ser, en la autenticidad de nuestra entrega.

Quien es apasionado de la vida y quiere la felicidad de cada ser humano, se olvida de sí mismo y de sus exigencias y oye el grito de los pobres, sobre todo cuando este grito no encuentra escucha: “Tuve hambre y todavía tengo hambre. Tuve sed y sigo sediento. Fui extranjero y no encuentro una tierra amiga. Estuve encarcelado y nadie

 

 

me ha liberado. Estuve desnudo y sigo vistiéndome de frío. Estuve enfermo y sólo muero. Tuve dudas y nadie me ayuda a entender. Estaba angustiado y nadie me da esperanza. Fui niño de la calle y sólo la calle con sus violencias me acoge”.[8]

Pero para salir, inclinarse, desprenderse se necesita valor, valor cada día. Se necesita una cultura del valor… Una cultura que sólo podemos construir juntos, hombres y mujeres, consagradas y consagrados, personas consagradas e iglesia local.

Permitidme un paréntesis para profundizar en esta palabra “juntos”.

Escribe Mons. Tonino Bello en su libro “Agencia periférica de la Trinidad”: “Cuando decimos juntos, no lo hacemos porque si estamos juntos las cosas van mejor, en el sentido que si nos ponemos todos juntos se realiza más. Ésta sería una mentalidad empresarial. Los empleados del marketing ponen juntos a los obreros; los sindicatos dicen `estad unidos’; los hinchas, los deportistas se sitúan juntos todos en la misma curva del estadio para gritar más fuerte. No, si nosotros decimos juntos, no es para poder dar más, sino porque tenemos que ser icono de la Trinidad. Tenemos que reproducir en nuestra vida, en nuestras comunidades, la vida que se hace en el cielo”. Tenemos que ser agencias periféricas de la Trinidad.

Sí, se necesita valor para permanecer fieles y esto quieres decir que a cada instante, para persistir en la continuación, la fidelidad exige pequeñas tomas de valor para resistir a los caprichos del cambio, a la ingratitud, a las pruebas del sufrimiento. La fidelidad es un valor continuado con tesón.

Las tres palabras que dicen nuestro compromiso son importantes, pero tienen que ser nutridas por otras tres palabras, simples de pronunciar pero difíciles de vivir: perdón, perdón, perdón.

Queridas hermanas, no bastaría una enciclopedia para citar tantos ejemplos de hombres y mujeres santos que han afrontado los desafíos de su tiempo, y de este nuestro tiempo, amando hasta el final con valor y alegría…, anunciando sencillamente y silenciosamente el Evangelio, haciendo de la Eucaristía la fuerza y el compás de la propia vida, dejándose conducir por la mano de María, la madre y la maestra (como la llamaba don Bosco),

Concluyendo conto una historia. La tomo de una experiencia que Henry Nouwen vivió en la comunidad del Arca, creada por aquel espléndido profeta de nuestros días que es Jean Vanier.

“En la comunidad del arca donde decidió vivir, después de una vida pasada en el mundo universitario, un día al célebre padre Henry Nouwen se le acercó una minusválida de la comunidad que le dijo: “Henry, ¿puedes bendecirme?”.

Padre Nouwen contestó a la petición de manera automática, haciendo con el pulgar la señal de la cruz sobre la frente de la chica.

Ella, en lugar de estar agradecida protestó con vehemencia: “No, esta no funciona. Quiero una verdadera bendición!.”

Padre Nouwen se dio cuenta de haber respondido de modo rutinario y formalista y dijo: “Ay, discúlpame… te daré una verdadera bendición cuando estemos todos juntos para la función”. Después de la función, cuando unas treinta personas más o menos estaban sentadas en círculo en el suelo, padre Nouwen dijo: “Janet me ha pedido darle una bendición especial. Ella siente que la necesita ahora”.

 

La joven se levantó y fue hacia el sacerdote que bestia una larga túnica blanca con mangas anchas que le cubrían los brazos y las manos. Janet, espontáneamente, lo abrazó y descansó la cabeza en su pecho.

Sin pensarlo, padre Nouwen la envolvió con sus mangas hasta el punto de hacerla casi desaparecer entre los pliegues de su túnica.

En un abrazo padre Nouwn dice: “Janet quiero que sepas que eres la Hija Amada de Dios. Eres preciosa a sus ojos. Tu linda sonrisa, tu amabilidad para con los demás en la comunidad y todas las cosas buenas que haces, nos muestran lo bella que eres. Sé en que estos días te sientes un poco decaída y con tristeza en el corazón, pero quiero recordarte quien eres: eres una persona especial, amada profundamente por Dios y por todas las personas que están aquí contigo”.

Janet levantó la cabeza y lo miró; su sonrisa demostró que verdaderamente había sentido y recibido la bendición.

Cuando Janet volvió a su sitio, todos los demás minusválidos querían recibir la bendición. También uno de los asistentes, un joven de veinticuatro años, levantó la mano y dijo: “Y yo?”

“Cierto”, respondió padre Nouwen. “Ven”.

Lo abrazó y dijo: “John, es tan hermoso que tú estés aquí. Tu eres el Hijo Amado de Dios. Tu presencia es una alegría para todos nosotros.  Cuando las cosas son difíciles y la vida resulta pesada, recuerda siempre que eres Amado con amor infinito”.

Queridas hermanas, estamos llamadas a ser una bendición para nuestras hermanas, para todos aquellos que se acercan a nosotras, en particular para el más pobre, desalentado, maltratado, marginado. No olvidemos entonces que la pureza de nuestro vestido y la amplitud de nuestras mangas depende del modo en que cada una de nosotras sabe vivir el seguimiento de Cristo conformándose a Él … Y cuando las cosas resultarán más difíciles, y nos parezca que “no podemos más”, no olvidemos que somos amadas por Aquel que es el Amor infinito.

Y esto nos basta.

                                                                               ENRICA ROSANNA, FMA

 

 

 

 


[1] VC 1.

[2] Caminar desde Cristo – Un renovado compromiso para la vida consagrada en el tercer milenio, n. 12.

[3] JUAN PABLO II, exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Europa, n. 49.

[4]  2 Test 23/EF 121.

[5] 3Com 57/FF1469.

[6]  Cf RAVASI Gianfranco, Il seme della parola. Mattutino, Casale Monferrato, PIEMME 2004, 279-280.

[7] Cf RAVASI Gianfranco, Il seme della parola. Mattutino, Casale Monferrato, PIEMME 2004, 311.

[8] Ibid. 372-373.

  1. Magnifico este artigo. Vou voltar a analisar este website!

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